Sus ojos verdes y el entrecejo de ella eran algo más allá que armonía, era belleza; sus modos particularmente sutiles, de aquellos que dibujan signos eróticos pero tan tenues que cualquier movimiento en falso o algo equivocado te pueden llevar a la ruina.
Debo admitir que la conversación era agradable, pero la desconcentración en sus lúbrico labios hacían dudar de lo necesario que era tanto rodeo (hacía más de dos horas que la encontré en la playa), las cervezas nunca fueron mejores compañeras de una lengua en desconcierto como la mía, de una boca lerda, de una cabeza carente de cerebro funcionando. Las cervezas pasaban, así como también pasaban los pestañeos de sus ojos, mis manos eran incontrolables tenazas. Decidimos salir de aquel bar orientados por los intrincados cerros que se dibujan y se desdibujan, en una perfección estética que nosotros confundíamos con la de nuestros corazones (jamás estuvieron perfectos, pero por una extraña razón se sentían bien). El beso puso las cosas a nuestro favor, el dinero también estaba de nuestro lado, pero sabíamos que aquello no era un triunfo sostenido, solo una especie de tregua.
Valparaíso estaba más sucio que de costumbre, te quise mostrar los barrios donde el beso y el amor son oriundos, pero las cosas se pusieron peligrosas; el tiempo había hecho de las suyas (se había hecho condenadamente tarde), por mi parte admito también haber hecho lo mío: dejé que el tiempo pasara para que el último tren no pudieras tomarlo, te llevaría donde pudieras quedarte en mis brazos, donde ya no respondo.
Buscamos no tan selectivamente donde pasar la noche, el tope de dinero era el juez, nosotros meros espectadores; o quizás peor aún yo era espectador y tu protagonista, Dios el antagonista, pero a ese ya lo mató Nietzsche. A mí me mataste tu, con quizás el mejor polvo de mi vida, la vida es corta, la noche es corta pero tus brazos se hacían infinitos entre mis labios, mis labios jamás pensaron servir para algo más, el secreto se revelaba esa noche, que me decía tener algo más que sangre entre mis venas; por Dios nena que corren demasiadas cosas por esas jodidas cañerías de carne.
Jamás había sentido el rocío de tu cuerpo, pero la sal de tu sudor me dejo un banquete, que estaba dispuesto solo para los dioses, o para unos pocos privilegiados. Las pailas marinas, las albacoras, los pasteles de jaiba, los panes amasados, los fetuchinni, los macarrones, los helados de a dos, las ensaladas con pimentón, en fin, todo se fue a la mierda con el sabor de tu entrepierna. Luego dormimos juntos, estábamos exhaustos de tanto, de todo; estabamos exhaustos, pero no hastiados; al amanecer tomaste tus braguetas luego el sostén y te fuiste, sentí lo tibio de tu beso, nunca sentí odiar tanto el alba, sentí el amor en tu beso, pero eso no nos está permitido, al menos por ahora, quizás en otro mundo (parecido a este, pero no este).
Te amo/te odio (qué mierda importa)